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EL GRAN POTENTE

 

El episodio que voy a referir ahora fue un impulso en favor de la Independencia de México, dado en pleno régimen virreinal. Vaga y sucintamente lo cuentan algunos historiadores, y por esto y por ser su asunto demasiado curioso, me he propuesto tratarlo con la extensión que pueda dársele, uniendo a los datos conocidos, otros que son ya raros y completándolos con lo que refiere la tradición. Así, pues, tomaremos las cosas desde una época remota, en que puede considerarse que tuvieron ellas principio y causa.

Decidido empeño tuvo el primer obispo de Michoacán, don Vasco de Quiroga, de traer a la América la Compañía de Jesús, recién establecida en Europa por Ignacio de Loyola. Escribió para esto con insistencia al fundador, que era entonces general de la Orden; pero aunque fueron acogidas sus súplicas, los cuatro sujetos enviados para que fundasen casa en Pátzcuaro, se enfermaron en San Lucar de Barrameda, estando a punto de embarcarse y no pudieron ya emprender el viaje.[1] Después de frustrarse varias veces la expedición, y de sufrir naufragios y otras penalidades y contratiempos, llegaron a México quince misioneros jesuitas, conducidos por su provincial don Pedro Sánchez, haciendo su entrada en la capital el 29 de septiembre de 1572.[2] Allí recibieron nuevas instancias del cabildo de Pátzcuaro por lo que el provincial pasó personalmente a esta ciudad y reconoció la comodidad e importancia de fundar en aquel sitio. A su regreso a la capital señaló a los padres Juan Curiel, Juan Sánchez, Pedro Rodríguez y Pedro Ruiz de Salvatierra, los cuales fueron recibidos en Pátzcuaro con demostraciones de muy sincera alegría, cumpliéndose así las palabras que el señor Obispo Quiroga había pronunciado varias veces, antes de morir: "La venida de la Compañía de Jesús se dilatará, pero al fin vendrá, después de mis días". En efecto, llegaron en 1580.

Durante los dos siglos que permanecieron los jesuitas en Michoacán no fundaron allí más que dos casas, la de Pátzcuaro y la de Valladolid (hoy Morelia); en cambio adquirieron cuantiosos bienes raíces entre los que pueden enumerarse las haciendas de Queréndaro, Tiripetío, la Zanja, la Magdalena y otras de las mejores de Michoacán.

La gran riqueza que atesoraron en todo el país,[3] su carácter insinuante, el celo que manifestaban por evangelizar a los indios, el llamarse a sí propios defensores de los pueblos, les dieron tal influencia y popularidad en todas las clases de la sociedad, que bien puede decirse que eran los árbitros de las familias y de las fortunas en toda Nueva España. Entonces comenzaron a trabajar secretamente para adueñarse del país, como habían usurpado la soberanía en el Paraguay, en donde aislándose de España, gobernaron de tal suerte, que por espacio de siglo y medio fue un misterio lo que pasaba en aquella parte de la América y hasta después se supo que habían ejercido allí un despotismo absoluto.[4] En sus predicaciones, en el confesionario, en el seno de las familias, no cesaban de censurar al gobierno español y de hacer resaltar la tiranía de los virreyes que, tan distantes como estaban de la madre patria, no tenían correctivo alguno en sus arbitrariedades.

Nada extraño es, pues, que en 1766, siendo virrey el marqués de Cruillas comenzase a agitarse vagamente la idea de la independencia, y que, aunque con pretextos ostensibles de otra naturaleza, hubiese movimientos sediciosos en Puebla, Yautepec, Guanajuato, Valladolid y Real del Monte.[5]

El virrey, marqués de Croix, que sucedió al anterior, conociendo bien el espíritu de aquellas sublevaciones, pidió fuerzas de España, las cuales llegaron a Veracruz en junio de 1768 cuando ya se habían desarrollado en el país los sucesos que vamos a referir.

En 25 de junio de 1767 fueron expulsados los jesuitas de Nueva España, habiéndose procedido con tanto secreto que los padres no llegaron a sospechar nada de lo que se tramaba contra ellos hasta la noche del día citado en que se les hizo salir de sus conventos.[6]

Los padres, sin embargo, habían dejado encendida la chispa y el incendio estalló en el mismo mes de junio. Se dio el grito de insurrección en  San Luis Potosí, Guanajuato, San Luis de la Paz, Pátzcuaro, Valladolid, Uruapan, Apatzingán y otras poblaciones de menos importancia. En donde la llama de independencia se levantaba más amenazadora era entre los indios. Por todas partes circulaban los emisarios y no se hacía misterio en construir arcos, flechas, hondas y macanas. El virrey Croix supo después que estaban urdidos "de modo que infaliblemente habrían tomado un carácter general, si desde la primera noticia que recibí, dice, no hubiera tomado el partido de hacer marchar al punto al señor Gálvez acompañado de quinientos hombres de buena tropa para contenerlos desde el principio y castigar a los culpables".[7]

“Salió Gálvez de México el 9 de Julio de 1767 para el interior y comino con tanta actividad y energía que consiguió restablecer el orden castigando a los principales cabecillas y levanto un cuerpo de trescientos hombres de infantería y caballería  de milicias provinciales para mantener la tranquilidad, sin que costara un cuarto al rey ni por su vestido ni por su armamento, que todos han costeado de su peculio”.

"En Guanajuato, Gálvez mandó que los principales promotores del tumulto fueran decapitados y sus cabezas se pusieran en escarpias en los lugares más públicos y en los cerros inmediatos a la ciudad; hubo entre estos ajusticiados un indio operario de las haciendas de moler metales, llamado Juan Cipriano, y su cabeza fue clavada también en una escarpia en uno de los cerros. Poco tiempo después la gente de Guanajuato declaro que Juan Cipriano era santo y que se verificaban curaciones y hechos milagrosos en que estaba colocada la cabeza.  Esto produjo nuevas conmociones, porque la gente iba  en romería a rezar y a encender velas a aquella cabeza costando mucho trabajo a las autoridades impedir los tumultuosos actos de piedad que allí se ejecutaron”

No se contento con esto el gobierno español, si no que el mismo visitador don José Gálvez, investido por el rey de las más amplias facultades, impuso a todo el pueblo Guanajuatense el injusto y ruidoso castigo de que cada año pagara un tributo de ocho mil pesos en son de multa; además se condeno a los individuos de la plebe a sufrir continuas levas para que fuesen a desaguar las minas, amarrándolos para que bajasen con inmenso riesgo de subir.  El castigo subsistió hasta el 26 de septiembre de 1810, en que el intendente Riaño, conociendo la indignación con que era soportado tan inicuo yugo, publicó la derogación de aquel decreto, creyendo que con este paso impediría los progresos del movimiento de Dolores.[8]

Los sucesos hasta aquí referidos constan en las obras que hemos citado: son deficientes y yo voy a completarlos con la tradición; mas antes diré que los historiadores referidos no tuvieron a la vista el curioso y ya rarísimo libro del padre Fr. Joseph Joaquín Granados, cuyo título es: Tardes Americanas, trabajadas por un indio y un español, en el que se registran curiosos datos sobre los mismos sucesos. Copiaremos íntegramente esas páginas para que se conozca el estilo de la época en que fueron escritas:

"Indio.- A el Exmo. Sr. Marqués de Cruillas, sin intermisión, sucedió el Exmo. Sr. D. Carlos Francisco de Croix, Marqués de Croix: entro en México el año de 66. A pocos pasos de su gobierno se levantó una llama, que estaba escondida entre las tibias cenizas de algunos fanáticos, necios y alucinados. Fabricó la astucia el telar donde había de tejer las telas de la inhumanidad y crueldades; pero como los hilos de la trama eran desiguales, inconstantes y débiles, malogro la malicia su trabajo, dejando descubierta la hilaza de la traición y alevosía. Labró las oficinas, para obrar en Apatzingán, Uruapan, Pátzcuaro y pueblos de la Sierra, en Guanaxuato, Venado, Minas de San Pedro, Potosí, San Luis de la Paz, San Felipe y otros lugares; pero como en el corazón de los Operarios se introduxo la codicia, quiso cada uno, aun antes de comenzar la obra, ser el primero en vender sus géneros, por lograr las estimaciones del precio y la reputación, dando causa estos irregulares movimientos para que despertaran los compradores y tratantes del pesado sueño en que los tenía la confianza, la inocencia y la sencillez, poniéndose a la vista de sus resultas. Los primeros que comenzaron a vender sus tiranos efectos, fueron los de Apatzingán, los de Uruapan, Pátzcuaro, etc.

"Español.- Querría que no me hablases con tanta obscuridad, porque aunque no deje de entender el lenguaje, sábete, que semejantes acontecimientos se han de referir en un estilo, que hagan los pasajes claros y perceptibles.

"Indio.- Vm. pide razón, y aunque tenía ánimo de continuar en esa especie de metáfora hasta el fin, por no rosarme con alguna palabra ofensiva, o que parezca mal sonante, me esforzaré a tratarla con el decoro que demanda el caso, desviándome de todo lo que pueda lastimar la Justicia, y estrechándome a referir lo que oí, vi, y discurrí, que todos estos tres puntos vaciaré en un Tomo.

"Mal avenidos los Indios de la Sierra de Michoacán con la libertad que gozaban, piedad, y conmiseración con que los miraba el Rey, y han tratado siempre sus Ministros, creyeron que con quitar las vidas a los Españoles y Gente de razón, se sacudían el yugo de la obediencia, que lo imaginaban insufrible. Apadrinaban esta cruel maquinación los Gobernadores de Pátzcuaro, Uruapan, Tanzítaro, Charapan y otros pobladores de las Serranías. Convencidos los ánimos por una secreta comunicación, y alentados los Caudillos, primeros papeles de tan sangrienta farsa, emplazaron el día, en que a el sordo acento de una voz, fueran todos cruentas víctimas del rigor y de la impiedad. No debieron de tramar negocio de tanto peso tan dentro de las leyes del sigilo y el silencio, que no cundiera a los oídos de los Guanajuateños, Luisianos, y otras gentes, que amigas de la libertad y el libertinaje, se confederaron entre sí, y firmaron una alianza general entre todos, capaz, según a ellos parecía, de derribar las pirámides de Egipto, y fuertes muros de Babilonia. Con el valor que les infundió el poder de tantas fuerzas unidas, comenzaron los desórdenes, e insolencia a sacar la cara.

"Los de Apatzingán, atreviéndose a profanar la inmunidad de las Reales Casas, saquear los Intereses, y pretender apresar la Persona del Justicia mayor, para dar con ella en el suplicio, los de Uruapan, no permitiendo aloxamiento a los Militares que se destinaban para el arreglo de las Milicias, y porque perseveraron en su intento, sin respetar el sagrado de lo que representaba, condenaron a uno de los oficiales a la pena de azotes, y hubieran todos pagado con la vida, si no intervinieran los oficios, empeño, y eficacia de los padres de San Francisco, que por entonces administraban la Doctrina y Curato, exponiendo, por libertar aquellas, las suyas a gravísimo peligro. En Pátzcuaro, San Luis, Guanaxuato, y demás partes, suspendiendo la execución de la Real Pragmática Sanción de nuestro Soberano, sobre la expatriación de los Jesuitas, promulgada en este tiempo. Y como iban corriendo de uno en otro abismo, no intentaba cosa la malicia, que no executara el furor. Las calles se poblaban de corrillos, las casas de maquinadores, y los campos de escándalos; en unas partes se escuchaban llantos, en otras risas, y en todas el terrible sonido de mueran, mueran. Esta melancólica voz, que lastimosamente sonaba en las orejas de los atribulados e inocentes, hacía que unos se aprestaran a la defensa, otros a la fuga, pocos a los templos, y muchos atrincherándose en una u otra casa, labraban muros de las paredes para repararse del furor y defenderse hasta morir.

"De adonde resultaba, que con este inexcusable desamparo de intereses y familias, saqueaban los almacenes, destrozaban las tiendas, violaban las casadas, estupraban las vírgenes, y hasta las Imágenes Soberanas de la Majestad grabadas en los lienzos, llegaron a borrar, con el desacato más inaudito, inmundo y horroroso. Estas violencias y desafueros, fueron el despertador (así lo dispuso el Cielo), de la emplazada crueldad, traición y tiranía; porque avisado el Exmo. Señor Virrey Marqués de Croix de tan repetidos atentados, y declarado por algunos de los Comuneros los tiranos finesa que miraban, mandó al Illmo. Sr. D. Joseph de Gálvez, que desde el año de sesenta y cinco se hallaba en México, entendiendo en la general Visita que de éstos Reynos le había confiado el Rey, con todas las facultades, y plenitud de autoridad que en su Excelencia residía, para que juzgara negocio de tanto peso y gravedad. Obedeció gustoso; y haciéndose cargo del empeño, partió para esta Provincia con la presteza que demandaba el caso: Descendam, Et videbo utrum clamorem, qui venit ad me opere compleverit, an non ita est.[9] Abrió su primer Juicio en Valladolid, Potosí y Guanaxuato, comisionando a las demás partes Sugetos desinteresados, de integridad y justicia, por no poder por sí acudir a todas en tan urgente necesidad. Las sumarias, autos y procesos que del cuerpo de los delitos formaron, no puedo referírselos, porque no los vi; pero por los efectos debemos inferirlos: lo que sabemos de cierto es, que todas las cabecillas, unas fueron condenadas a la pena ordinaria, otras a acabar la vida en tormentos, y las de menos consecuencia, a destierro. Con casi noventa cuerpos de los impíos y traidores se llenaron las horcas de miedos, las escarpias de sustos, y los caminos, calles y plazas de los pueblos de horrores y de espantos, dexando tan destrozados espectáculos avisos a los presentes y  escarmientos a la Posteridad.  Esto es lo más notable de este escandaloso acontecimiento.

“Español. –Pues a mas de eso, he oído contar a Sugetos dignos de toda fe que intentaban descargar el golpe, primero en los Gachupines, sacándoles impíamente el corazón por las espaldas, y después, como enflaquecidas las fuerzas, y debilitado el poder, tocar a degüello generalmente, no sólo con todos los Españoles Indianos, sino aun con aquellos hijos del País, nada castizos en sus obras, y muy mestizos en la sangre con los tuyos, cómplices, y acaso inhumanos actores de tan detestables homicidios, los que llamamos en estos Reynos, Lobos, Coyotes, Mulatos, etc., apoyando sus razones con los muchos que se hallaron encartados, ya como cabezas, ya como miembros en la conjuración, formándose de entre éstos aquel Reyezuelo Patricio, que con el nombre de Gran Potente, arrastraba entre los tuyos tantas pompas y honores, como los Pompeyos Honorios, entre los Romanos.

“Y lo mas chistoso que me cuentan es, que eligiendo una de las desamparadas Minas de Real de San Pedro, para Corte y evitación de su Real Persona había colocado en una de sus obscuros calabozos y lóbregos  pueblos como otro Plutón, el magnífico Trono, desde con corona en la cabeza y dorado Cetro en las manos, repartía honores, creaba Grandes, confería dignidades, firmaba decretos, y libraba órdenes que con pronta ligereza conducía el Barquero Aqueronte a todos los miembros del Estado. Me han dicho asimismo, que en el Escudo de Annas y Nobleza, que ya soñaba fixar a las puertas, y sobre las almenas de su Real Palacio, tenía escrita esta letra: NUEVO REY, Y NUEVA LEY, sin otras ridículas y despreciables locuras, hijas de la bastardía de unas gentes bárbaras, incultas, y desordenadas".

Hasta aquí los hechos históricos que refiere el padre Granados: luego el cronista se ocupa solamente de disculpar al visitador Gálvez de la severidad y rigor con que procedió contra los insurrectos y dice con mucho candor que no había sentencia de muerte que no firmara con las lágrimas de sus ojos.

Aunque repitamos algunos puntos del relato hecho por los cronistas, toca ahora su parte a la tradición, fresca y constante hasta hace algunos años en Pátzcuaro, Uruapan, Apatzingán, Tancítaro y Charapan y que se conserva entre algunas personas que existen todavía.

Llama la atención que no había transcurrido quince días desde la expulsión de los jesuitas, cuando estallo en diversos puntos (situados entre sí a grandes distancias), la amenazadora insurrección acaudillada por el Gran Potente. Puede decirse que respecto de algunas de las poblaciones insurrectas, ni tiempo hubo para que llegara allí la noticia de la expulsión.

En nuestro concepto estaba, pues, preparado por los jesuitas el gran levanta­miento para apoderarse de la Nueva España, independiéndola de la Metrópoli y proclamando aquí Nueva Ley Y Nuevo Rey. El indio Patricio no era más que un instrumento que habían de sacrificar a sus miras los discípulos de Loyola. La previsión y energía de Carlos III y la actividad e inteligencia, que desplegaron tanto el Virrey Marqués de Croix como el visitador Gálvez, salvaron para la corona de España la más rica joya de sus conquistas y libertaron al pueblo mexicano de los horrores de un gobierno teocrático, como el que tiranizo por tantos años a los habitantes del Paraguay.

Algunos días antes de la expulsión de los jesuitas, los indios de Pátzcuaro se habían atumultado, haciendo huir a las autoridades que se dirigieron en busca de auxilio a la ciudad de Valladolid, las que a su regreso y viniendo acompañadas de una fuerte escolta, hallaron que los jesuitas habían pacificado a los amotinados, entregados ya de nuevo a su trabajo, al parecer serenos y tranquilos. Quiso la justicia proceder severamente pero los mismos padres de la compañía abogaron por ellos, alegando que el motín no era en contra del gobierno, sino simplemente contra los recaudadores del tributo. El respeto con que se veía a los jesuitas y el convencimiento que tenían las autoridades de los abusos de aquellos empleados fiscales bastaron para que se echara tierra al asunto.

Por fin llegó el 25 de junio (1767); los jesuitas fueron aprehendidos en su casa y la plebe de Pátzcuaro se levantó de nuevo en armas para impedir que se llevase a cabo la orden de expulsión: de los numerosos pueblos de la laguna llegaban auxilios de hombres a los rebeldes; pero de nuevo los jesuitas, hablando en secreto y miste­riosamente con los jefes del motín, sofocaron el tumulto. Los indios se dispersaron y decían a cuantos encontraban, hablando en tarasco, que todavía no era tiempo.

Por fin, la revolución estalló en diversos y lejanos puntos de las provincias de Michoacán, Guanajuato, San Luis Potosí y Querétaro, y fíjese la atención, el movimiento se verificó en un mismo día.

En Pátzcuaro se registraron escenas de desolación, pues aparte de que las casas de los españoles fueron saqueadas, las familias tuvieron que sufrir la crueldad y depravación de los sublevados, cuyo grito de guerra era Nueva Ley y Nuevo Rey, en medio de vivas atronadores al Gran Potente. En Apatzingán, los indios amotinados se apoderaron de las cajas reales, destruyeron los archivos, asesinaron a varios españoles y robaron las ricas tiendas de aquella población que era entonces el emporio del comercio en la tierra caliente. Los pueblos de Tancítaro y Charapan enviaron a Uruapan numerosos escuadrones de flechadores y de honderos.

Esta última población era el centro de la sublevación, pues allí residía y de allí era oriundo el célebre Patricio Carrión, que tomó el título de Gran Potente y que empuñó el estandarte con el lema de Nueva Ley y Nuevo Rey. En esos días había llegado a Uruapan, como refiere el padre Granados, un regimiento de caballería con el pretexto de organizar en aquel pueblo las milicias que se habían mandado levantar con motivo de la ocupación de La Habana por una escuadra inglesa.

Los sublevados se arrojaron sobre el cuartel, desarmaron a los dragones y se apoderaron de los oficiales. Con éstos últimos se dirigieron a la plaza del Santo Sepulcro (hoy de Fray Juan de San Miguel), en donde se alzaba la picota. Allí, en medio de la espantosa gritería de más de diez mil bocas, estaban los indios a punto de azotar a los prisioneros, cuando del claustro del convento contiguo salió una procesión de frailes franciscanos, llevando el guardián la custodia y entonando todos un cántico sagrado. Los amotinados se hincaron de rodillas, y entonces uno de los padres los exhortó a que no levaran adelante el suplicio de los españoles. Tanto amaban los indios a aquellos religiosos, que desistieron de su intento y ya iban a poner en libertad a los prisioneros, cuando de entre la muchedumbre se oyó una voz que dominaba el inmenso ruido: "¡AI río; vamos a echarlos al agua!" Entonces resonó una carcajada general. Quién sabe cómo en aquellos momentos se hicieron de unos burros, montaron en ellos a los oficiales, y la inmensa muchedumbre que no cesaba de reír se dirigió por las calles de Cupatitzio,  llego al Puente Ancho y uno a uno, el jinete y su asnal cabalgadura fueron lanzados al agua, en tanto que de diez mil bocas brotaba una inmensa carcajada.

A estos o semejantes tumultos se limitaron los sublevados: no había entre ellos cohesión, y aunque se les había dado a reconocer como su jefe al indio Patricio, éste, henchido de vanidad, fue a instalar su corte al Real de San Pedro, contentándose con recibir los homenajes de sus súbditos y con rodearse de cortesanos tan ostentosos como él y que no sabían más que adular a su augusto amo.

Más, ¿quién era el principal caudillo del movimiento popular? La historia no lo dice, pero nadie duda que él debía de salir de entre los discípulos de Loyola.

Por aquellos días el padre Salvador de la Gándara, Provincial de los jesuitas de México, visitaba las casas del interior; y el decreto de expulsión lo hallo en Querétaro, que fue una de las provincias que se sublevaron.

 Es seguro que sobre el aparato del Gran Potente, puesto adrede para alucinar a los indios, debía haber una cabeza que dirigiese. Aunque el día de la insurrección se había fijado de antemano, como en vísperas de él quedaron presos todos los jesuitas, el que debía ser el director principal de la revolución no pudo ya acaudillarla, y el Gran Potente se vio entregado a sus propios, pero nulos esfuerzos.

Sin dificultad alguna pudo el visitador Gálvez, apagar la llama que amenazó incendiar toda la Nueva España. Le bastaba presentarse con sus tropas en las capitales de las provincias en que apareció la chispa revolucionaria para que se extinguiera. Los indios volvían pacíficos a sus casas, decepcionados del Gran Potente y resueltos a no volver a mezclarse en asonadas.

Grande ocasión fue esta para que le Gobierno hubiera hecho alarde de generosidad; pero no fue así, el visitador Gálvez por si o de acuerdo con el Marques de Croix, desplego un lujo inusitado de severidad, haciendo perecer en las horcas a centenares de indios, e imponiendo a los restantes crueles castigos.  En vano el padre Granados trato de hacerlo aparecer como magnánimo, la tradición clama horrorizada lo contrario.  El cronista citado no puede menos que dejar escapar las siguientes palabras:

”No firmo sentencia que no la rubricara mas con lagrimas que con letras.  Bien manifestó la nobleza de su alma y candidez de sus cristianas intenciones, cuan en la plaza de San Luis, desde el balcón de su morada, arrebatado de un espíritu apostólico, y cubierto su valeroso ánimo de un dolor vehementísimo, a vista de innumerable concurso, y de los calientes cadáveres que aún pendían de los patíbulos y las horcas, oró con tanta elocuencia, y persuadió con tanta abundancia de textos, razones, leyes y autoridades, el justo castigo ejecutado en aquellos infelices, y el culto, obediencia, amor y lealtad que debemos tener al Rey nuestro Señor, ya la verdadera Fe que profesamos, que todos, compungidos y apoderados de un impulso superior, se abrazaban tiernamente, se perdonaban contritos y alababan a Dios en un Héroe que tanta gracia había derramado en sus labios para persuadirlos y ablandarlos en la obstinación y rebeldía".

De lo expuesto se deja ver que el pánico que se apoderaba de las gentes más bien era debido al espectáculo de los patíbulos y de las horcas, que a la elocuencia del visitador, cuya fama de cruel y poco cuerdo llegó a hacerse universal, lo mismo que su codicia, pues aunque el padre Granados procura defenderlo, él mismo escribe, que, a su regreso a España "no ha faltado quién asegure que embarcó consigo más plata, que tesoros flotaban en las famosas Naos del Ofir".

Sofocado el tumulto de Uruapan más por la intervención de los padres franciscanos que por la tropa que desde Valladolid envió el visitador Gálvez, los jueces especiales que llegaron con la expedición comenzaron desde luego a proceder contra los rebeldes. Noventa de éstos perecieron en las horcas que se levantaron en las plazas de la población y a lo largo de las calles de Cupatitzio; centenares de infelices sufrían el castigo de azotes que se les infligían al pie de la picota, y la totalidad de los indios, habitantes del lugar, fueron obligados a conducir piedras y a pavimentar con ellas todas las calles de la extensa ciudad, en el concepto de que todas carecían de empedrado. Los ancianos, de cuyos labios oímos esta tradición, agregaban que a causa de que el trabajo se hizo como castigo, las calles quedaron tan mal empedradas que no parecía sino que se hubiese trasladado a ellas un pedazo del pedregal que se extiende al Sur y Poniente de la población.

En los días en que funcionaba la justicia del visitador Gálvez, sin estar presente, y sólo poseídos de pánico y dolor, los habitantes de Uruapan se abrazaban tiernamente, se perdonaban contritos y hacían llegar hasta Dios sus oraciones. En todas partes se oían sollozos y era tan grande el temor de aquellos infelices que creían llegada su última hora.

En cuanto al indio Patricio, huyó del Real de San Pedro y conservando siempre su regia pompa, estuvo oculto algún tiempo en la gruta que hay cerca de la Tzaráracua, a inmediaciones de Uruapan.

Después nadie volvió a ver al Gran Potente.

 

Michoacán,

Paisajes, tradiciones y leyendas

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[1] Moreno. Vida del .V e Ilmo. señor don Vasco de Quiroga.

[2]  Alegre. Historia de la Compañía de Jesús.

[3]  "Las fincas ocupadas a los jesuitas por el gobierno, en virtud del decreto de expulsión fueron ciento veintitrés, y casi todas ellas tan grandes, tan productivas y tan bien situadas, que hasta la época presente son en generalidad las mejores fincas rústicas de la República Mexicana, representando todas ellas un capital verdaderamente asombroso. Además, tenían los grandes edificios en que estaban sus colegios y multitud de fincas urbanas en las primeras ciudades de Nueva España; los particulares les reconocían gruesas sumas, y sólo el Duque de Terranova remitió en el año de 1768, por un reconocimiento, ciento veintiún mil seiscientos veintidós pesos". México a través de los siglos. Tomo II. pág. 843.

[4]  México a través de los siglos.

[5]  México a través de los siglos; tomo II, pág. 823.

[6]  En las Efemérides Guanajuatenses;, escritas por el padre don Lucio Marmolejo, Puede leerse la correspondiente al día 25 de junio de  1767, que es interesante y curiosa por lo dramático del estilo en que se refiere la expulsión de los jesuitas de Pátzcuaro y de Guanajuato.

[7] Cartas de Marqués de Croix, publicadas por Núñez Ortega, pág. 14.  Estos párrafos y estas citas están tomadas de México a través de los siglos Tomo II, pág. 842 hasta la 848.

[8] Marmolejo Efemérides guanajuatenses; tomo I, pág. 231. Bustamante. Cuadro histórico de la revolución mexicana; tomo I, páginas 26 y 101.

[9] Lib. De Espect. Cap. 20.