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MI HERMANO ANTONIO

 

Julia Miranda Pérez-Seoane

 

Faustino Antonio Miranda González era hermanastro mío. Nuestro padre, Hugo Miranda de Tuya, se casó en Gijón (Asturias) el año 1900 con Mercedes González Forcelledo y de este matrimonio nacieron, muy seguidos, tres hijos varones: Bernardo en 1902, José Hugo en 1903 y Faustino Antonio en 1905. Su mujer, Mercedes, murió muy joven y Hugo se volvió a casar en León en 1925 con Julia Pérez-Seoane y Diaz-Valdés. De este segundo matrimonio nací yo, Julia Miranda Pérez-Seoane, en 1927. Como se ve, la diferencia de edad entre mis hermanastros y yo era grande. En concreto, Faustino Antonio tenía 23 años cuando yo nací. Su primer nombre era Faustino, pero en España, tanto en la familia como entre sus amigos de Gijón, le llamábamos Antonio. Esto le ocasionó un problema grave al acabar el Bachillerato, pues en su expediente académico también figuraba siempre como Antonio, y no le querían expedir el Título de Bachiller con el nombre de Faustino Antonio. Por esto, desde entonces, sólo utilizó su primer nombre: Faustino Miranda.

Nuestro padre, Hugo Miranda, nació en Gijón y era hijo de Bernardo Miranda Fáñez, que abrió una academia en esa ciudad para estudiantes de Bachillerato, en la cual Hugo inició sus actividades como profesor de Matemáticas, una vez que se licenció en la Universidad de Oviedo. Con el tiempo, después de aprobar la correspondiente oposición, llegó a ser catedrático de Matemáticas de Instituto de Segunda Enseñanza. Era hombre de ideas liberales y se afilió pronto, en los años anteriores a nuestra guerra civil de 1936-1939, al partido de Izquierda Republicana, del que sería compromisario en las elecciones de 1936. Por sus ideas y por esta afiliación política fue duramente perseguido después de la guerra. Estuvo dos veces en la cárcel y su segundo encarcelamiento, en Valladolid, duró más de un año. Cuando salió de la cárcel, fue expedientado y destituido de su cátedra y, cuando al fin fue repuesto en ella, le impusieron la sanción de traslado forzoso a un Instituto de Oviedo. Además, como consecuencia de una multa impuesta por responsabilidades políticas, le expropiaron una casa que teníamos en Gijón, construida en un solar situado frente a la playa, que había sido propiedad de sus padres. A mi madre, Julia Pérez-Seoane, también le abrieron expediente y destituyeron como profesora de la Escuela Normal Femenina de Magisterio de León. De modo que los años inmediatamente posteriores a la guerra civil (1940-1945) fueron años de grandes penurias para mi familia.

Antes de estallar la guerra civil, mis padres y yo vivíamos en León, donde mi padre era catedrático de Matemáticas del Instituto de Segunda Enseñanza "Padre Isla" y mi madre lo era de Lengua y Literatura Españolas en la Escuela Normal Femenina de Magisterio. Por estos años, los tres hijos de Hugo, hermanastros míos, vivían en Madrid, donde estaban estudiando, en la Universidad Central, las carreras de Medicina (Bernardo), Derecho (José Hugo) y Ciencias Naturales (Faustino Antonio) y sólo venían a León, y no siempre, en vacaciones, por lo que, de estos primeros años de mi vida, tengo de ellos pocos recuerdos.

Faustino, al terminar su carrera, consiguió una beca de la Junta para Ampliación de Estudios y emprendió la realización de la Tesis para obtener el Doctorado. Inició entonces la investigación sobre algas marinas y estuvo casi un año en Francia, donde trabajó con prestigiosos ficólogos.

Después de terminar los estudios del Doctorado y de publicar su Tesis Doctoral en 1931, opositó a cátedras de Instituto de Segunda Enseñanza y obtuvo, en 1932, la cátedra de Ciencias Naturales del Instituto de Lugo (Galicia). Pronto se trasladó por concurso al Instituto de Pontevedra, también en Galicia, en donde permaneció los años 1933 y 1934, durante los cuales dirigió el Instituto de Biología Marina de Marín, ciudad próxima a Pontevedra. En el año 1935 consiguió, por fin, su meta, que era el traslado al Instituto "Jovellanos" de Gijón (Asturias), su ciudad natal. En esta ciudad asturiana, donde había vivido los años de infancia y adolescencia, su padre Hugo había construido una casa con jardín en las proximidades de la playa de San Lorenzo, situada en la calle Ezcurdia n° 11. Faustino se instaló en el piso entresuelo izquierda y construyó en el jardín un pequeño pabellón, destinado a laboratorio para el estudio de las algas marinas, que empezó a recoger en el litoral cantábrico, por el que le llevaba en barca un amigo suyo marinero. Al acabar cada excursión iban los dos a comer o a cenar a un "chigre" (taberna) frecuentado por los pescadores, en el que sólo servían un guiso de patatas cocidas con cabezas de merluza. Este "chigre" se llamaba "Casa Zabala" y en la actualidad todavía existe, transformado en un lujoso restaurante típico especializado en platos de pescado.

En 1935, una vez instalado ya en Gijón, compró un perro pastor alemán, al que llamó Vento, para evitar posibles robos en el laboratorio que había construido en el jardín y en su propio piso. Yo jugaba mucho con Vento, y lo sentí mucho cuando lo mataron unos soldados el primer día de la guerra.

Su padre Hugo, con su segunda esposa Julia y yo ocupamos el otro entresuelo de la citada casa, donde pasábamos las vacaciones de verano. Allí también iban por el verano mis otros hermanastros: José y Bernardo, casado éste con Guadalupe Corral y de la que tenía una niña, Mercedes, casi de mi misma edad. Esta era la situación familiar en el momento en que se inició la guerra civil española, en 1936. El conflicto bélico estalló el 18 de julio y mis padres y yo llegamos a Gijón, desde León, el día 16. Menos mal, porque si nos hubiéramos encontrado en León, que fue dominado por el ejército franquista, a mi padre le habrían fusilado por sus ideas republicanas.

Así pues, permanecimos en Gijón mientras Asturias estuvo en poder de la República y, antes de que fuera tomada por las fuerzas franquistas, mis padres y yo evacuamos en un barco inglés que nos desembarcó en La Rochelle (Francia) y, desde allí, pasamos a la zona del Levante español, que aún estaba dominada por la República. De modo que yo sólo conviví con mi hermano Faustino la segunda mitad del año 1936 y los primeros meses del año 1937 y además los veranos de los años anteriores. Poco tiempo fue, pero de esa época proceden exclusivamente todos los recuerdos que conservo de mi hermano. Por lo tanto, son recuerdos infantiles, pues yo tenía, en 1936 y 1937, nueve y diez años, pero son recuerdos vivísimos, sin duda debidos a la fuerte personalidad de mi hermano.

Faustino era un hombre de gran fortaleza física. Recuerdo con admiración que cruzaba a nado la playa de Gijón y volvía, también nadando, al punto de partida (unos cuatro kilómetros). Era muy alegre: conmigo siempre estaba de broma y constantemente se le oía cantar canciones asturianas, que le gustaban mucho. Despreciaba a las mujeres porque, según él, sólo pensaban en casarse y tener hijos y no se podía hablar con ellas de nada interesante. Tenía un gran sentido del humor, poniendo siempre de manifiesto el lado ridículo de las personas y de las situaciones a las que conducía una sociedad hipócrita y cursi. Era muy sociable y tenía un grupo de amigos y amigas, de talante muy moderno y liberal, con los cuales hacía excursiones por Asturias. En verano, recorrían la costa asturiana y les gustaba mucho ir a una pequeña playa situada en las proximidades de Gijón, totalmente salvaje y desierta, a la que iban andando. Esta playa se llama La Ñora y es, hoy día, una de las más concurridas. Cuando, en Gijón, iban a la playa, lo hacían a su extremo Este, donde entonces no acudía absolutamente nadie. Buscaban estar solos porque sus trajes de baño habrían escandalizado a los gijoneses, que ya les llamaban nudistas.

A mi me gastaba muchas bromas sobre mis amigas, mis juegos y mis juguetes, que me enfadaban un poco. Decía que la educación que, por entonces, se daba a las niñas era ridicula y no servía para nada. Que lo que había que hacer era procurar que fuesen fuertes, valientes y decididas: que practicasen deportes, leyesen mucho y aprendieran algún idioma. En fin, un adelantado para su época. Aplicando esas ideas me enseñó a nadar, cosa que no sabía ninguna de mis amigas. Y no se andaba con contemplaciones: me llevaba sobre sus hombros hasta donde me cubría el agua y allí me soltaba, sujetándome sólo un poco por la barbilla. ¡Qué apuros pasaba!, pero aprendí rápidamente. Me llevaba frecuentemente con él al campo o a la costa para recoger plantas y algas. Me encantaban aquellas excursiones y luego yo presumía ante mis amigas de las observaciones que él me hacía sobre animales o plantas. Algunas veces lo pasaba algo mal, porque me hacía bajar por sitios difíciles en los acantilados de la costa, pero era emocionante. Un día nos levantamos casi al amanecer y fuimos a pescar: ¡pescamos un pulpo!, que luego nos comimos con arroz. ¡Menudo banquete en plena guerra! Para aliviar el hambre que pasábamos, se le ocurrió a él destinar la mitad del jardín de nuestra casa al cultivo de algunas hortalizas (patatas, lechugas, cebollas...) e instalar una gran conejera para la cría de estos animales. Era un hombre práctico.

Como durante la guerra no había escuela, mis padres y él trataban de compensar su falta. Por las mañanas, me ejercitaba en pequeños problemas y cuentas aritméticas, así como en la redacción de ejercicios de escritura y de ortografía. Faustino, por su parte, me mandaba aprender de memoria algunas poesías, como la Canción del Pirata, de Espronceda, que luego tenía que recitar por las noches en la sobremesa. También, en estas sobremesas me hacía leer, en alta voz, algún capítulo de una novela de Julio Verne.

Otra cosa que me fascinaba era su laboratorio. Me dejaba entrar en él algunas veces. Allí me enseñó a mirar por el microscopio sus preparaciones de algas. Yo veía embelesada cómo las preparaba para luego disecarlas: las metía en líquidos de diversos colores para conservarlas; luego las colocaba sobre papel de estraza para que secasen un poco; después las ponía ya sobre otro papel y allí, con unas pinzas, les daba la forma que quería; finalmente las metía en la prensa. También me dejaba entrar con él en un pequeño cuarto oscuro donde revelaba fotografías. Aquel era un mundo nuevo para mí.

Nuestro padre, Hugo, murió de cáncer en 1946 y mientras estuvo enfermo, Faustino nos enviaba desde México cortezas de un árbol que él mismo recogía, para que las hirviéramos y le diéramos a nuestro padre el líquido donde habían cocido. No recuerdo el nombre de ese árbol, aunque creo que sí nos lo dijo.

En fin, el recuerdo que conservo de mi hermano es el de un hombre fuerte, alegre, valiente, decidido, activo, trabajador y sabio, que siempre tenía algo fascinante que ofrecerme. Le admiraba profundamente y era, para mí, casi como un dios. Luego, su trayectoria vital y profesional ha confirmado con creces estos apasionantes recuerdos infantiles.