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VASCO DE QUIROGA

Y LA UTOPÍA DE TOMÁS MORO.

Ricardo León Alanís

Instituto de Investigaciones Históricas

Universidad Michoacana.

 

Como es sabido, Vasco de Quiroga fue enviado al Nuevo Mundo hacia el año de 1530, como oidor de la Segunda Audiencia de México, para remediar los graves daños que había ocasionado en la Nueva España el gobierno encabezado por Nuño de Guzmán. Especialmente, en el antiguo señorío indígena de Michoacán, el paso de este célebre conquistador había dado al traste con la obra evangelizadora que apenas habían iniciado, hacia 1525, unos cuantos misioneros franciscanos; de tal manera que, ya para entonces, los llamados tarascos o p'urépecha -como se conoce a los indios naturales de Michoacán- habían huido a los montes y, se encontraban en franca rebeldía.

 

Así, tras conocer y palpar de cerca la triste realidad de los indígenas, sometidos a la esclavitud y, explotados en muchos casos por la codicia de algunos conquistadores españoles, don Vasco se ofreció personalmente para remediar tan penosa situación; y a costa de su propio salario y esfuerzo, fundó hacia 1532, el primer hospital-pueblo de Santa Fe de los Altos, en las afueras de la ciudad de México; y en 1533, el segundo hospital-pueblo de Santa Fe de la Laguna, a orillas del lago de Pátzcuaro, en la provincia de Michoacán.

 

Para entender con exactitud el concepto de los llamados hospitales-pueblo de Santa Fe, habría que tomar en cuenta que en España, durante la Edad Media, el término hospital se entendía en un sentido mucho más amplio, como una institución de carácter caritativo (u obra pía), que servía para dar mantenimiento y, educación a los pobres y desamparados; para atender a los ancianos y enfermos; y como lugar de refugio para los peregrinos. De ahí, pues, que don Vasco haya llamado a las poblaciones indígenas que él congregó, como hospitales-pueblo; incluso, cabe decir que en algunos testimonios de la época, y en otros trabajos recientes, también suele llamarse a estas mismas congregaciones como «repúblicas de Santa Fe».

 

Organizados bajo una serie de Reglas y Ordenanzas, que para su gobierno dejó instituidas el propio don Vasco de Quiroga, los hospitales-pueblo de Santa Fe fueron en sus inicios congregaciones indígenas compuestas por varias familias (nucleares y extensas), provenientes de un mismo linaje por línea paterna. En términos generales, se ha considerado que la familia nuclear indígena estaba compuesta por seis miembros (padre, madre y cuatro hijos de promedio); aunque al parecer, originalmente, en estos pueblos-hospitales se congregaban sobre todo familias extensas, de ocho, diez o hasta doce parejas de indios casados, con sus respectivos hijos. Sin embargo, cuando una familia rebasaba cierto número de miembros, debería formarse otra nueva. Cada familia nuclear estaba sujeta a la autoridad del padre, al cual todos los miembros de la misma debían respetar y, obedecer. Los padres debían velar por los matrimonios de sus hijos con las hijas de otras familias del mismo pueblo-hospital, o en su defecto con las hijas de la gente pobre del vecindario. Los hombres se consideraban casaderos a los catorce años y las mujeres a los doce. En cada familia extensa, todos sus miembros estaban obligados a obedecer al abuelo más viejo; las esposas debían obedecer a sus maridos, y los niños debían servir y obedecer a sus padres, abuelos y bisabuelos; así se evitaba la necesidad de utilizar criados o sirvientes ajenos a la propia familia.

 

El pueblo, en su conjunto, era gobernado por un cuerpo electo entre todos los padres de familia, conformado por un indio principal y tres o cuatro regidores. El indio principal debería ser buen cristiano y hombre de vida ejemplar, sumiso y no demasiado severo, que procurara atraer el amor, el honor y respeto de todos, sin permitir que fuera menospreciado, y duraba en el cargo tres años, pudiendo ser reelecto por más tiempo. Los regidores eran escogidos anualmente, y este oficio se daba por turno a todos los hombres casados. En dicho cuerpo de gobierno, había además otros dos padres de familia, llamados Jurados, que eran indios escogidos por el principal y los regidores, para asistir a sus reuniones en representación de los intereses comunes del pueblo, turnándose de manera continua a los electos para este cargo, con el objeto de que no fueran siempre los mismos. Las reuniones de gobierno se efectuaban cada tercer día en casa del indio principal; en ellas se discutían todos los asuntos comunes al pueblo-hospital, concernientes a las estancias, linderos y trabajos que deberían realizar corporativamente todos sus habitantes. Ningún acuerdo de gobierno podía ser tomado de manera inmediata, a menos que fuera de suma urgencia, ya que por lo general cada asunto se discutía y analizaba durante dos o tres reuniones previas antes de pasar a votación final.

 

A la par del Consejo de Gobierno formado por los propios indios, había otra autoridad que era el llamado cura-rector; o sea, el fraile o clérigo secular encargado de la administración religiosa en el pueblo-hospital. A éste se le debía comunicar prácticamente todo lo que pasara en el pueblo-hospital, y los acuerdos de mayor importancia en el Consejo de Gobierno también deberían ser aprobados con su parecer. Las quejas e inconformidades de los indios se debían arreglar siempre entre ellos mismos, de manera amigable, y en presencia del rector, el indio principal y, los regidores; sin recurrir a ningún juicio en las cortes, para ahorrar gastos, evitar prisiones y preservar así la mutua convivencia y la caridad entre todos los habitantes del pueblo-hospital.

 

En lo económico y laboral, los hospitales-pueblo de Santa Fe estaban organizados de manera que todos los indios trabajaran seis horas diarias, para beneficio del propio pueblo-hospital; considerando además el trabajo como un medio de aprendizaje y convivencia social, por lo que debería efectuarse de buena gana y sin queja alguna. Básicamente había dos tipos de trabajo: el artesanal y las labores propias del campo. Los trabajos artesanales eran principalmente, para los hombres, la carpintería, albañilería, cantería y herrería; en tanto que a las mujeres se les instruía sobre todo en el tejido de la lana, el lino, la seda y el algodón. Los artesanos entrenados en estos oficios debían reparar continuamente los edificios comunes del pueblo-hospital, o hacer los utensilios necesarios para toda la comunidad, durante las seis horas diarias de labor común.

 

Sin embargo, la agricultura era la principal ocupación y en ella trabajaban prácticamente todos los habitantes del pueblo-hospital. Las estancias y granjerías comunales eran trabajadas por los miembros de todas las familias durante las seis horas diarias de dedicación al trabajo comunal; aunque a veces resultaba más conveniente trabajar de sol a sol, durante dos o tres días seguidos a la semana, de acuerdo con los horarios y cambios temporales de cada estación. Las temporadas inactivas de trabajo en el campo se empleaban en la colecta de productos silvestres, o en otros trabajos suplementarios, como el corte de leña y madera, o la colecta y labrado de piedra. Además del cultivo de cereales, se debían producir otra clase de productos naturales como: gallinas, guajolotes, ovejas, chivos, vacas, cerdos y animales de tiro, principalmente bueyes; además de cosechar frutos y hortalizas, en los huertos y jardines familiares.

 

Retrato de Tomás Moro. Colección Giovianna, Galleria degli Uffizi, Florencia.

Los frutos del trabajo comunal se distribuían, equitativamente, de acuerdo con las necesidades de cada familia, y no podía disponerse de ningún excedente hasta estar seguros de que no habría escasez al año siguiente. Para ello, en cada pueblo-hospital había lugares específicos donde se almacenaban los productos del campo, desde donde se distribuían a cada familia de acuerdo a sus necesidades. En caso de que sobrara algún excedente, éste era empleado sobre todo en obras piadosas, para beneficio de otra gente más necesitada. Todos los bienes inmuebles del pueblo-hospital eran comunales y, no enajenables; aunque en lo particular, se pudiera gozar del usufructo de los huertos y pequeños pedazos de tierra, cultivados en cada familia como medio de recreación, o para obtener algunos ingresos subsidiarios. En caso de obtener algún ingreso por la venta de productos comunales, éste se guardaba en un cofre de tres llaves que conservaban, cada una, el rector, el indio principal y el más viejo de los regidores. En esta caja de comunidad, también se guardaban los libros de cuentas, los títulos y mercedes reales de tierras y aguas, así como otros papeles importantes para el pueblo-hospital.

 

En lo que se refiere a la educación e instrucción de los niños, éstos debían aprender desde pequeños las labores del campo, al mismo tiempo que se les enseñaba el abecedario (es decir, a leer y escribir). Para ello, durante las horas de clase, acudían dos veces por semana a un campo cercano a la escuela, donde se les instruía en la agricultura, a manera de juego o pasatiempo. Respecto a la ropa y, vestido de los indios, se procuraba mantener la uniformidad de éstos en cuanto fuera posible, con ropas sencillas de color blanco, confeccionadas por la propia familia, sin decoración o trabajos curiosos y costosos; que fueran de lana o algodón, y tales que protegieran tanto del frío como que se pudieran usar en tiempos de calor, y, estuvieran siempre limpias. La única diferencia notable en su arreglo consistía en los tocados que cubrían la cabeza de las mujeres casadas, para que se diferenciaran de las doncellas solteras.

 

Para todos los habitantes del pueblo-hospital era obligatoria la instrucción en la doctrina cristiana y moral, así como en las buenas costumbres. Para ello, el propio don Vasco de Quiroga mandó imprimir un catecismo, o Doctrina Cristiana, que los formaría no solamente en la fe como buenos cristianos, sino también en los principios generales de la vida civilizada. En este catecismo, se señalaban además los días de misa y las festividades religiosas que debían celebrarse usualmente en el pueblo-hospital; y en general, dicha cartilla estaba considerada como complemento de estas Reglas y Ordenanzas de gobierno, encaminadas a regular su vida diaria.

Como se puede observar claramente, el propósito principal que perseguía don Vasco de Quiroga con la fundación de los hospitales-pueblo de Santa Fe, era proporcionar a los indios que allí se congregaban los principios básicos de la llamada «mixta policía» -como se decía en la época-; entendido este concepto, como la existencia de un buen orden y gobierno, temporal y espiritual, que destruyera solamente lo malo de las costumbres paganas de los indios, y preservara a la vez todo lo bueno de su anterior modo de vida. Así, pues, como dijera el propio don Vasco, los indios eran la «cera blanda» o «tabla rasa» donde esperaba moldear un nuevo tipo de cristianismo, semejante al de la Iglesia primitiva; es decir, como aquella de los primeros tiempos de Jesucristo y sus apóstoles. De ese modo, los indígenas instruidos en los hospitales-pueblo de Santa Fe, aprenderían todas las virtudes que debe practicar un buen cristiano y ayudarían, a su vez, a enseñarlas al prójimo.

 

Varios estudios -como los de Silvio Zavala y Joseph Benedict Warren han demostrado que las Reglas y Ordenanzas, así como toda la organización comunal de los hospitales-pueblo de Santa Fe, estuvieron inspiradas, sin duda alguna, en la famosa Utopía de Tomás Moro (publicada por primera vez en 1516); aunque para su adaptación al Nuevo Mundo, se introdujeron algunos elementos tomados de la tradición indígena y, de la estructura de gobierno municipal español; además, por supuesto, de los ritos y, costumbres cristianas. De hecho, en ese sentido, el propio Vasco de Quiroga declaró en su Información en Derecho (escrita en 1535) haber tomado este plan «de la forma de república» presentada por el célebre canciller inglés, al que consideraba casi «inspirado por el Espíritu Santo», ya que había sido capaz de describir el estado de los indígenas, y de presentar «un plan de república tan acomodado a la necesidad de los naturales», sin haberlos visto nunca. De esa manera, bien puede decirse que uno de los ideales más grandes del humanismo europeo -aquel que soñaba con una sociedad utópica, más justa y superior a la existente-, se realizó plenamente en los hospitales-pueblo de Santa Fe, gracias a la labor emprendida por el oidor de México, y primer obispo de Michoacán, don Vasco de Quiroga.

 

Detalle del mural del maestro Alfonso Villanueva en la entrada a Uruapan.